Cicatrices de un secuestro
Quienes más han sufrido los tentáculos del terrorismo son los cubanos dignos. El testimonio de uno de ellos revela pasajes de un encierro injusto durante cuatro meses
La noche anterior durmió con pesadillas y soñó con unas olas enormes, y con piratas que habían abordado el barco donde trabajaba, pero no portaban armas antiguas, al estilo de William Walker, el filibustero norteamericano más conocido en el siglo XIX.
A veces, los sueños asustan y la realidad abruma. No imaginó Dionisio Bilbao Escobar, maquinista del Ferro 95, que aquella noche de mayo del año 1986 las pesadillas las hicieran renacer piratas contemporáneos, como Walker, venidos de los mares del norte, esta vez en barcos modernos que ya Bilbao había visto merodear en otras ocasiones, mientras pescaba tiburones con palangres “en el canto del veril”, como dicen los hombre de mar.
“Estábamos en las proximidades de Cayo Anguila. Una fragata norteamericana se acercó y nos cayó a tiros. Después embistió a nuestro barco y casi lo hunde. Al ferrocemento 164, que nos acompañaba, también lo amarraron y nos llevaron por la fuerza a Nassau, en Las Bahamas, por una falsa acusación de violar las aguas territoriales. Estuvimos cuatro meses presos. Cuando se dieron cuenta de que éramos cubanos, nos putearon la madre. Después, esos mismos nos propusieron asilo político a los ocho pescadores que conformábamos las dos tripulaciones.
“Cada vez que recuerdo aquel encierro injusto, lo primero que me viene a la mente son los cinco cubanos que llevan 13 años presos, secuestrados en cárceles norteamericanas. Esa es una manera de actuar del gobierno de aquel país: encerrar a los que luchan contra el terrorismo y mantener en libertad a los verdaderos terroristas.
Con sus 200 y tantas libras de peso, bonachón, hablador, escribidor de poemas, orador funerario, cristiano, militante del Partido Comunista de Cuba, administrador de la pizzería, delegado del Poder Popular en la circunscripción 23 del poblado… Bilbao, uno de los hombres más carismáticos del poblado pesquero de Punta Alegre, tiene mucho que decir; y acusa, porque él es uno de los más de 5 000 cubanos que han sido víctima del terrorismo a lo largo de 51 años.
“Fíjate si fueron miserables que en los 25 anzuelos del palangre habíamos capturados 14 piezas, sin incluir otras 11 que se las comieron los otros tiburones. ¡Pues quién te dice que ellos robaron todo lo que habíamos pescado!
“Como a las 10:00 de la noche fue que llegamos a Nassau, en short y camiseta. Parecíamos unos harapientos. Nos tomaron declaraciones y después nos trasladaron a la cárcel.
“Recuerdo que vinieron unos periodistas y las autoridades nos sacaron encerrados en jaulas. Querían hablar con nosotros. Uno de ellos dijo ser finlandés. Se presentó como amigo de Cuba y afirmó que yo no podía ser pescador por las leyes que tenía. Le respondí que si él conocía a mi patria debía saber que los pescadores de los tiempos nuevos no éramos los de antes. La Revolución nos había educado y dotado de las condiciones indispensables para desempeñar nuestro oficio. Siguió con la misma cantaleta y nosotros: No nos jodan más. No nos vamos a quedar. Váyanse de aquí”, le dijimos.
“En la prisión estábamos con provocadores y varios desafectos. Uno de esos había abandonado Cuba en 1980 y me dijo él lo mismo mataba a Reagan que asesinaba a Fidel y yo, aunque no soy violento, no pude contenerme cuando mencionó al Líder de la Revolución cubana y le espanté una trompada que todavía debe de estar acordándose. Después la policía me dio unos cuantos bastonazos en la espalda.
“Sin embargo, me encontré a un hombre que, según él, se había ido de Cuba por problemas económicos. Se llamaba Héctor. Él me defendió y me dijo que no le hiciera caso al apátrida. Tiempo después me dio su short para que me cambiara, porque el mío estaba en malas condiciones.
“En los inicios nos dieron en la prisión harina, cocinadas con agua salada, sin sal ni manteca, hasta que las autoridades cubanas exigieron que nos mejoraran la alimentación.
“Cuando nos dieron la libertad nos dimos cuenta de que a las embarcaciones les habían robado los equipos de transmisión, pero les dijimos que no nos iríamos así. Ante nuestra insistencia los devolvieron.
“Regresamos por Cayo Guillermo, en nuestros barcos. Aquí, en Punta Alegre, había un mar de pueblo esperándonos. Fue muy emocionante. Es lo más lindo que me ha pasado en la vida, pero todavía quedan las cicatrices del secuestro.