A Morón llegó la fiesta del saber
Imposible imaginar como se sienten esos pequeños cuando por vez primera asisten a las aulas. En sus rostros más que alegría multiplicada también está presente, para algunos, el miedo o quizás la angustia por dejar la casa e incorporarse a un “mundo nuevo” durante casi todo el día.
Pero al final se adaptan al medio y consiguen como los demás concentrarse en los estudios, querer al maestro, buscar nuevos amiguitos y alternar los juegos a la hora del receso.
En cambio para los continuantes la situación es bien distinta: llegan de nuevo a la escuela, saborean de lleno el beso, el abrazo o el apretón de manos, consiguen deshacerse del descanso de casi dos meses y se incorporan a las aulas.
Y no es para menos, porque la posibilidad les permite sin distingos recibir todos los beneficios de la educación de forma gratuita. Y ellos mucho lo agradecen.
Comenzó un nuevo curso y atrás quedaron los días en que la playa, el campismo, la instalación cultural o recreativa les prometió un verano feliz. Ahora les depara estudiar y prepararse para el futuro.
Llegó la fiesta del saber con esa legitimidad que enorgullece a todos y llena de confianza y optimismo a quienes en sus escuelas prometen ser cada vez mejores, como recompensa a la posibilidad de hacerse hombres y mujeres cultos sin costarles un solo centavo.