Luchemos por la paz en un mundo de guerras
La segunda guerra mundial, cuyos inicios se produjeron el dos de septiembre de 1939, hace ya 71 años, fue un conflicto armado que se extendió prácticamente por todo el mundo y que arrojó un balance de alrededor 60 millones de muertos, de ellos gran número de civiles.
Los bombarderos masivos de ciudades e instalaciones industriales generaron asimismo enormes pérdidas materiales, cuando el fascismo quiso imponer su hegemonía sin importar el número de víctimas fatales.
Fueron las conferencias de paz de Teherán (1943), Yalta y Potsdam (ambas en 1945) las que cambiaron radicalmente el mapa del mundo y sentaron las bases de un nuevo período histórico, pero ahora con nuevas pretensiones de un imperio cada vez más poderoso, arrogante y prepotente.
Una situación similar a la de aquella aterradora epopeya se presenta actualmente a la humanidad, cuando la lucha por la paz en un mundo de guerras debe convertirse en el principal argumento para que cese la hegemonía y las personas puedan construir cada vez una sociedad más justa.
¿Quién no recuerda la contienda bélica de Vietnam o la intromisión más reciente en Irak o Afganistán? ¿Cuántas vidas se han perdido que hubieran contribuido a la justicia o el decoro? ¿Cuánto dinero invertido en esas sucias campañas armamentistas mientras a cada minuto mueren cientos de niños por falta de alimentos o medicinas?
Irán, Corea Democrática, el Medio Oriente, se han convertido en posibles campos de batalla dentro de los planes expansionistas de los Estados Unidos e Israel dirigidos a “frenar el desarrollo nuclear” en esa región o a ocupar territorios palestinos sin importar los derechos inalienables de los pueblos.
En realidad se viven tiempos de intenso peligro, de incertidumbre, de falta de responsabilidad para con los humanos, al echar a un lado tratados o resoluciones internacionales.
Luchemos por la paz en un mundo de guerras, pero sin cesar un solo instante. Bien vale la pena dedicar todo el tiempo posible a crear conciencia acerca del acuciante problema, tal y como lo hace el Comandante en Jefe Fidel Castro, a nombre de Cuba y de la libertad.
Todo lo que se haga resulta insuficiente hasta que no cesen por completo el peligro o las amenazas, a sabiendas que los pueblos de hoy se parecen mucho a los de hace siete décadas, similares en el empeño por consolidar un orden social cada vez más justo.
Ojala no sea demasiado tarde y la humanidad toda solo recuerde aquella Segunda Guerra Mundial como un hecho histórico, espantoso e irrepetible.