Conclusiones sobre la Cumbre de Copenhague
Hay dos grandes lecciones que resultan de los agrios debates en la recién finalizada Cumbre de la Tierra de Copenhague: los poderosos se han tomado en serio la idea de que pueden disponer del planeta. Mientras, los empobrecidos han cobrado conciencia de su fuerza, se niegan a morir, y aprenden a dar batallas victoriosas.
Lo primero es evidente y fue denunciado de forma reiterada por más de un orador tercermundista, entre ellos los presidentes de Bolivia, Evo Morales, y de Venezuela, Hugo Chávez, quienes, además, relanzaron a la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, ALBA, como un relevante instrumento político a escala universal en la lucha contra la prepotencia imperial y las máculas y desmanes capitalistas.
La hipócrita y amañada actuación de las grandes potencias, con los Estados Unidos y su presidente, Barack Obama, como voceros, no podrá ser obviada ni justificada por nadie que se precie de serio y honesto en este
mundo.
El empeño de los ricos de sacar a la luz una declaración final insulsa, inconsulta, incompleta y falaz, y sus piruetas a puertas cerradas y por debajo de la mesa, junto a las presiones diplomáticas y la represión a quienes en las calles de Copenhague reclamaban salvar el clima, deja una lección insoslayable de imposición, violencia, manipulación y desprecio por el resto del orbe.
Y es que ya no hay sonriente careta que en lo adelante oculte del rostro del diablo.
El planeta, como ya se ha dicho, se niega a ser manejado por ambiciosos que no acatan la razón y la lógica, y que parecen obcecados por la peregrina concepción de que para ellos no habrá tempestades destructivas, sequías interminables, lluvias devastadoras y mares invasores.
Mientras, y resulta sumamente importante y esperanzador, del otro lado, una humanidad golpeada y rebelde supo imponerse en Copenhague.
La resistencia tercermundista resultó ejemplar y recia, y la titulada "declaración final", una verdadera sarta de vocablos sin sentido ni propósitos prácticos verdaderamente eficaces, quedó en el gavetero de la historia como el gigantesco y despreciado fraude que siempre fue desde su propia oscura concepción.
Y si bien Copenhague concluyó entre ríspidas desavenencias y la persistencia de los graves peligros que viven el planeta y nuestra especie en materia medio ambiental, al menos los campos quedaron definitivamente deslindados para otras inminentes y recias batallas sobre un tema de tanta urgencia y prioridad universales.