Punta Alegre abrazó los primeros alfabetizadores
Punta Alegre es un pequeño poblado de pescadores, ubicado en la costa norte de Ciego de Ávila. Al otro lado de la llamada bahía de Los Perros están los cayos que al triunfo de la Revolución habitaban unas pocas familias, sobre todo de carboneros y pescadores.
Un atardecer hasta la casa de Estela Más Burgos, situada en la calle D número ocho, en Punta San Juan, llegaron 14 jóvenes, que procedentes de La Habana, venían con la misión de enseñar a leer y a escribir a los analfabetos.
Con 75 años de edad Estela recuerda todos los detalles de aquel lejano 1961, hace ya 50 años, cuando Cuba se aprestaba a liquidar el analfabetismo.
“Eran como las cinco de la tarde, ya el sol empezaba a ocultarse por el horizonte, cuando me pidieron orientación sobre cómo podían trasladarse hasta Cayo Coco, donde habían sido ubicados para alfabetizar…”
Entonces comenzó a establecer contacto con los dirigentes de educación del pueblo, con la noticia de que tendrán que pernoctar en el pueblo para al día siguiente tomar una embarcación que los llevarían hacia el lugar de destino.
“Mi casa era bastante amplia, de techo de zinc y piso de tablas sobre pilotes, pero en realidad no había camas para tantas personas.”, comenta Estela.
Les preparó algo de comer y los distribuyó por todas las habitaciones de su casa. “algunos, incluso, decidieron dormir en el portal, en las propias hamacas que ellos portaban en sus mochilas.
Mientras se realizaban las coordinaciones necesarias, fue preciso que permanecieron en mi casa tres días.
Luego con inmensa voluntad, llegó el momento de la partida, y en una embarcación de la pesquera, fueron trasladados hasta Bautista, por donde desembarcaron, y de allí montados a caballos fueron repartidos por las casitas que entonces existían en esos cayos.
Aquellos alfabetizadores desafiaron distancia, picadas de jejenes, soledad y dejando atrás las comodidades de sus hogares, se internaron por varios meses en los cayos, imposibilitados de enviar o recibir correspondencia, pues cada 10 ó 15 días entraba el barco apenas con algunos víveres.
Más, la misión que se les había encomendado fue cumplida con el lápiz, la cartilla y el manual, unas veces con clases por el mediodía debajo de un árbol o por la noche a la luz del farol chino que se les había facilitado.
Aquel distante 1961 guarda imborrables recuerdos para muchos puntalegrenses que entonces trabajaban en Cayo Guillermo, Cayo Coco o Paredón Grande, ahora un acogedor polo turístico al que se accede mediante un pedraplén construido sobre las olas del mar, pero 50 años atrás un lugar solitario, al que se llegaba en una frágil embarcación tras 8 horas de navegación, donde pastaban animales salvajes y jabalíes. Allí hicieron historia aquellos 14 jóvenes alfabetizadores.