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Un hijo distinguido de Radio Morón en la guerra de Viet Nam

Leonel Iparraguirre González Octubre 28, 2019

Muchas  historias  y  anécdotas circulaban a mi alrededor, acerca de  un espigado muchacho, guajiro de pura sepa, que al triunfo de la Revolución en 1959, vio la posibilidad de despegarse de los sembrados en el lomerío de Tamarindo, tratando de hacer  realidad algunos de sus sueños.

Así llegó un inesperado día a la ciudad de Morón, en busca de una ventana que se abriera, y  quizás recomendado por algún combatiente revolucionario de su zona, fue nombrado como primer director de la emisora Radio Morón, a raíz  del proceso de intervención de esos medios, para dar paso al FIEL  (Frente Independiente de  Emisoras Libres), devenido posteriormente en Instituto Cubano de Radiodifusión.

Entraba por primera vez a los estudios radiales un joven fuerte, valiente e inteligente: Maninidra Rodríguez.

Cuentan quienes lo conocieron que aquel jovenzuelo, asumió tan difícil responsabilidad, con alta  voluntad, optimismo y, aunque carente de conocimientos elementales, supo desempeñarse en aquella extraña  empresa.

En pocos meses comenzó a aplicar las estrategias innatas de dirección, hasta ganarse  el cariño y el respeto de aquel minúsculo colectivo; incursionó como productor de programas hasta que un día penetró en la cabina para probar su suerte como locutor. En todo aquel desempeño fue un joven que alcanzó lauros, inequívocamente.

Sin embargo, sus aspiraciones eran otras.Ya  establecida la dirección  revolucionaria en dicha emisora  radial, solicitó a la dirección política alejarse de este sector y probar  suerte  en otros frentes.

Aquel guajiro tamarindense soñaba con convertirse en un médico y durante  muchos años sus compañeros de la radio perdieron su rumbo. Al cabo de los años, y ya  graduado como cirujano,  Maninidra integra una brigada  de profesionales de la salud que partiría hacia  territorio vietnamita, donde las condiciones de la guerra, exigían de la solidaridad de otros pueblos.

Así, entre las balas, las bombas y los efectos de la guerra, aquel muchacho tuvo un excelente desempeño como cirujano en las condiciones de campaña que impone un escenario bélico.

Una tarde, cuando ya la guerra en Viet Nam había llegado a su fin, tuve el privilegio de tener ante mi, a  aquel guajiro de las lomas de Tamarindo. Un auto se detuvo frente a la emisora, y de él descendio un hombre alto, fuerte y sonriente. Algunos de mis compañeros salieron a recibirlo. Yo, simplemente no sabía quién era el visitante.

Unos minutos después  me lo presentaban: era el doctor Maninidra Rodríguez. Recuerdo que entre  abrazos apretados, caminó por el pasillo central de la emisora, penetró a los estudios y  acarió un antiguo micrófono modelo RCA 44, que colgaba en una  de las cabinas.

Aproveché la oportunidad y desenfundé el mini micrófono de mi pequeña portatil y le solicité una entrevista. Aceptó mi propuesta y empecé a conocer los relatos incontables de una guerra.

Recuerdo muchos detalles de  aquella entrevista, de su atrevimiento de realizar intervenciones quirúrgicas a cielo abierto, debajo de los árboles y muchas veces con el foco de una linterna de batería, ver morir a familias civiles,  y  desafiar las balas en las condiciones más abruptas.

Un rato después  lo despediamos, pero no imaginábamos que sería, en mi caso, la primera y última vez que nos encontraríamos... Poco tiempo después la noticia nos llenó de dolor. Una repentina enfermedad tronchó su vida. Dejaba de existir un  guajiro de Tamarindo, hombre radio, devenido por su talento, como un ejemplar profesional de la medicina cubana.

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